¡Oh prodigiosa música de mi alma!

      
En el gemido de las violas, en el rumor de las arpas y en el murmullo de los suspiros de mi mente, capté resonancias de Ti. Descorrí los velos pertinaces de las melodías audibles, y entonces, ¡Oh Cantor Infinito!, percibí tu voz. ¡Oh Prodigiosa música de mi alma, al fin te escuché!.

Tú me has despertado de mi letargo secular. En tu altar ofrendo humildemente el ramillete de todos mis cantos.

Susurros de la Eternidad

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