¡Oh prodigiosa música de mi alma!

      
En el gemido de las violas, en el rumor de las arpas y en el murmullo de los suspiros de mi mente, capté resonancias de Ti. Descorrí los velos pertinaces de las melodías audibles, y entonces, ¡Oh Cantor Infinito!, percibí tu voz. ¡Oh Prodigiosa música de mi alma, al fin te escuché!.

Tú me has despertado de mi letargo secular. En tu altar ofrendo humildemente el ramillete de todos mis cantos.

Susurros de la Eternidad

He soñado muchos sueños

 He soñado muchos sueños, pero ahora ya estoy despierto.
En el altar de mi alma mantengo encendido el fuego sagrado
de tu constante recuerdo. Con mis insomnes ojos de amor, 
contemplo sin cesar tu rostro.

 Por tu gracia sé que la salud y la enfermedad, la vida y
 la muerte, no son más que sueños. He dejado atrás todas
las historias oníricas, pintadas con tonos brillantes y oscuros
sobre la pantalla cósmica de la ilusión. Ahora te contemplo 
a Ti como la única Realidad.

Susurros de la Eternidad

Un beso nada más

Bésame con el beso de tu boca,
cariñosa amistad del alma mía,
un sólo beso el corazón invoca,
que la dicha de dos... me mataría.
¡Un beso, nada más! Ya su perfume
en mi alma derramándose, la embriaga;
y mi alma por tu beso se consume
y por mis labios impaciente vaga.
¡Júntese con la tuya...! Ya no puedo
lejos tenerla de tus labios rojos...
¡Pronto...! ¡dame tus labios...! ¡tengo miedo
de ver tan cerca tus divinos ojos!
Hay un cielo, amor, en tus abrazos;
siento, de dicha el corazón opreso...
¡Oh! ¡sosténme en la vida de tus brazos
para que no me mates con tu beso!

Pasionarias
Manuel María Flores