Necesitamos gritar para exigir garantías a los gobiernos…

“Hace 8 años #RosaElviraCely fue brutalmente agredida, #Violada, empalada y abandonada por su compañero de estudio. Estaba tendida sobre un charco de sangre, con las extremidades inferiores desnudas y laceraciones en los brazos y rastros de estrangulamiento, después de varios días de agonía murió. Dentro de su cuerpo habían palos y restos de astillas. El político #MiguelUribeTurbay dijo que si Rosa Elvira no hubiera salido con su compañero no estaría muerta, osea que básicamente fue culpa de ella.

Hace 4 años #YulianaSamboyi de 7 años fue raptada, abusada y asesinada por #RafaelUribeNoguera, la encontraron escondida debajo de una tina desnuda, con su cuerpo aceitado, con signos de abuso sexual y marcas de estrangulamiento.

Hoy en la madrugada un #MiguelCamiloParra le propicio 7 hachazos en la cabeza a su pareja #AngelaFerro delante de su hijo de 12 años, y en este momento el se encuentra prófugo y Ángela luchado por su vida . Les pido perdón por los detalles, es que a la hora de descalificar a las mujeres organizadas no se escatiman las palabras.

Dicen que somos violentas por nuestros métodos de intervención, me pregunto en qué tipo de categorización entrarán los métodos de intervención de quienes nos violan, nos descuartizan y nos asesinan. Parece que comparten nuestros reclamos pero no nuestra forma de visibilizarlos, porque graffitear una pared siempre es más ultrajante que meter a una mujer en una bolsa de basura.

Ponerse en tetas en una movilización como manifestación simbólica contra estereotipos y opresiones estandarizadas no es digno, tenemos para eso lugares reservados en televisión y en campañas publicitarias para que nuestros cuerpos se expongan a cambio de ganancias. Y tenemos nuestras casas, nuestras cocinas y nuestros maridos, en caso de que queramos experimentar algún tipo de libertad.

Somos criminales por demandar que el aborto sea legal, y es mucho más humano ignorar el #Femicidio de estado y a las mujeres desangradas en consultorios clandestinos. Están indignados por los destrozos en la vía pública y están cansados, dicen, de las exigencias ante una desigualdad que se les presenta como ficticia. Imagínense si nosotras no estamos cansadas de salir a la calle y no saber si vamos a terminar violadas en una caja de cartón. Violencia no es graffitear una pared, ni romper un vidrio, violencia es tener miedo por ser mujer.

Les pedimos disculpas por las molestias y los muros rayados es que nos están asesinando, y se nos hace urgente gritar. Necesitamos gritar para exigir garantías a los gobiernos, necesitamos gritar para no vivir más con miedo.” Paula Thomas

Respeto

🧡 Si tu hija te dice que Juanito es maricón, dile que Juanito es gay y seguro que de mayor será muy feliz con su novio.

💙 Si tu hijo te dice que Lorena tiene pito, dile que Lorena es una niña trans y que lo importante es que sea buena persona y no lo que hay debajo de la falda.

💜 Si tu hija te dice que Andrés siempre está solo, dile que lo invite a jugar en el patio.

💛 Si tu hijo te dice que le ha tirado de las trenzas a Laura porque le gusta, dile que le haga un dibujo bonito y no daño.

❤️ Educa a tus hijos para que sean los que abrazan a este niño y no los que lo mandan al hospital.

❤️ Educación y amor.

❤️ Por tus hijos y por los de los demás.

Ama tus pechos

Ya sean claros u oscuros, 
botones o rosas abiertas, 
prominentes o planos, 
son tus pechos fuente de placer y de erotismo, 
de alimento y de entrega. 
Manantial permanente de amor y de sensibilidad.
¡Mujer, ámate!
Ama tu útero, siéntelo, relájalo, 
conecta con él. 
Mueve la cintura, baila a su alrededor, 
descubre sus posibilidades orgásmicas, 
el centro de energía que de él irradia.
¡Mujer, ámate!
Ama tus ovarios, conócelos,
 aprende como son, como funcionan,
 identifica en qué fase están… 
Las mujeres podríamos saber exactamente
 cuándo ovulamos si estuviéramos
 lo suficientemente conectadas con nuestro cuerpo,
 un cuerpo hecho para vivir en armonía con la naturaleza.

Ama tus curvas

Ama tu perfil sinuoso, tus caderas.
La redondez de tus muslos, 
de tus nalgas, de tu vientre, 
 la reserva que te prepara 
para la vida, para dar vida:
 el milagro supremo 
de la existencia...
¡Mujer, ámate!
Ama tu vida cíclica,
 tus hormonas, 
 la riqueza de tu biología 
que no es plana, sino que conecta 
en cada momento 
con tu espíritu, 
con la naturaleza, con la luna,
 con los vaivenes de las mareas,
 con la vida palpitante 
de la tierra y los mares.
¡Mujer, ámate!
Ama tu vida, 
haz el amor con el invisible
 origen sutil de universo
y te darás a ti misma
 lo que necesitas.
Así no tendrás que acudir 
a esconderte
 en retiros espirituales.

Rojas

Las mujeres republicanas en la Guerra Civil

La guerra alteró la vida cotidiana de las mujeres y los estilos de vida habituales, y generó una respuesta masiva e inmediata de apoyo activo contra Franco y la agresión fascista. Transformó la vida de las mujeres en muchos aspectos dándoles una mayor autonomía de movimiento y decisión de la que hicieron uso inmediatamente. A pesar de las duras condiciones, muchas mujeres vivieron la Guerra Civil como una experiencia emocionante que les permitiría desarrollar su potencial hasta un punto que la sociedad española nunca les había consentido con anterioridad. La nueva participación de las mujeres en tareas masculinas como la guerra de trincheras, los servicios comunitarios y la asistencia social, el trabajo en las fábricas o en los transportes, fue para muchas una experiencia liberadora. El amor propio y una mayor confianza en sus aptitudes aportaron a las mujeres nuevas expectativas respecto a su propio rol en la sociedad y una conciencia más amplia de sus derechos. Exigieron un mayor reconocimiento de su condición social como mujeres así como el derecho al empleo, la formación profesional y una participación directa en todas las esferas relacionadas con el esfuerzo bélico.

El dinamismo femenino fue patente durante toda la guerra, como lo demostraron al emprender nuevas actividades sociales, económicas y militares. Se organizaron a una escala sin precedentes; crearon organizaciones femeninas específicas con el objetivo político de combatir el fascismo y contribuyeron eficazmente a promover un nuevo movimiento de masas femenino en los pueblos y ciudades de toda la España republicana. Demostraron una capacidad de organización considerable y canalizaron la respuesta colectiva y organizada de las mujeres al fascismo, al tiempo que concretaban sus preocupaciones y sus necesidades hasta entonces desatendidas.

Las mujeres se comprometieron en la lucha contra el fascismo y rompieron con su habitual aislamiento de la vida pública y política. Construyeron barricadas, cuidaron a los heridos y organizaron las labores de auxilio y la asistencia infantil. Cosieron y tejieron y, mediante su trabajo voluntario, surtieron a los soldados de uniformes, prendas de vestir y el equipo necesario. Las mujeres trabajaron en el transporte público, en las fábricas de municiones y en las granjas. Algunas otras también rompieron completamente con sus roles de género convencionales y participaron activamente en la contienda como milicianas. Tomaron las armas y pugnaron porque las aceptaran como un soldado más en el frente. Al principio, las milicianas simbolizaron la lucha contra el fascismo e incitaron a otras a participar en las actividades de resistencia. La decisión de convertirse en una mujer soldado también desafiaba las convenciones sociales. Las milicianas lucharon en los frentes al mismo tiempo que proporcionaban a los soldados los servicios de auxilio necesarios, pero su valor, tenacidad y entrega no fueron suficientes para lograr que las aceptaran en un papel militar y no pudieron impedir que, al final, la imagen de las milicianas fuera desacreditada viéndose obligadas a retirarse a la retaguardia. Pero allí desempeñaron un papel decisivo en la supervivencia diaria al igual que en el mantenimiento de la resistencia civil a la violenta embestida del fascismo.

La educación y la cultura eran claves para la liberación de la mujer y se convirtieron en las metas primordiales de un programa femenino colectivo. Todos los grupos femeninos se ocuparon del analfabetismo de miles de mujeres españolas y abordaron conjuntamente la demanda urgente de programas educativos para adultos; a pesar de las dificultades de la guerra, pusieron todo su entusiasmo en hacer llegar estos programas a miles de centros de los pueblos, pequeñas localidades y ciudades de toda la España republicana.

Las mujeres dieron clases y organizaron actividades culturales y artísticas así como servicios de biblioteca para adultas durante toda la guerra. A través de escuelas, institutos, conferencias y cursos, Mujeres Libres trató de cumplir el objetivo establecido de emancipación de la tríada de la esclavitud: su condición innata como mujeres y trabajadoras y su fomentada ignorancia. Las activistas de la Agrupación Mujeres Antifascistas y de Unió de Dones aprovecharon la oportunidad para desafiar a “la civilización masculina” con las armas de la educación y la cultura. A través de su constante dedicación a los programas educativos adaptados a las necesidades específicas de las mujeres, persiguieron denodadamente su libertad y emancipación. La educación y enriquecimiento cultural de las mujeres fueron grandes logros del movimiento femenino durante la guerra y la revolución.

Como colectivo social, también superaron su silencio histórico. Impusieron su voz y expresaron públicamente su opinión colectiva sobre la política, la guerra, el antifascismo, el feminismo y las necesidades de las mujeres. Editaron y publicaron numerosos periódicos y revistas; algunos ejemplos, como el de Mujeres Libres, eran proyectos exclusivamente femeninos, mientras que en otros casos colaboraban colegas y camaradas varones. Companya, Emancipación, Muchachas, Mujeres (Madrid), Mujeres (Bilbao), Mujeres (Valencia), Mujeres Libres, Noies Muchachas, Pasionaria y Trabajadoras demostraron que las mujeres tenían capacidad de organización así como iniciativa para crear plataformas literarias y medios de comunicación para sus ideas y para la expresión concreta de una interpretación de la guerra desde la perspectiva de género. Aunque esta empresa colectiva pudo llevarse a cabo gracias a la ayuda de periodistas profesionales, lo que mantuvo vivos a estos periódicos y revistas fue el entusiasmo de estas escritoras y editoras noveles que finalmente pudieron tener su propio foro impreso. Las mujeres expresaron con palabras su compromiso con el esfuerzo bélico antifascista y sus voces fueron escuchadas.

Estas publicaciones fueron también instrumentos decisivos para atraer a otras mujeres a la causa. Sin embargo, el alcance de los artículos y debates iba más allá de la política antifascista y, a menudo, las mujeres se dedicaban a fijar sus propios intereses con respecto a la guerra y la revolución, así como a suministrar recursos para las iniciativas culturales femeninas. Esta comunicación cultural entre las lectoras, escritoras y editoras de estas revistas creó un universo específico para mujeres, una importante experiencia de afirmación en una cultura femenina tradicionalmente oral.

La resistencia civil y la supervivencia cotidiana durante la guerra se explican por el enorme esfuerzo y energía que desplegaron las mujeres cuyo trabajo de asistencia voluntario constituyó una gran aportación a la economía bélica y al funcionamiento de la sociedad civil. Asimismo, tuvieron un papel decisivo en la administración de distintos organismos de servicios sociales y participaron en labores voluntarias de asistencias médica y sanitaria, crearon guarderías para mujeres trabajadoras y servicios de comedores colectivos, atención infantil y asistencia social para refugiados de guerra. Su entrega permitió que los servicios sociales y sanitarios funcionaran a pesar de que la guerra provocó un aumento inusitado de la demanda.

Las mujeres exigían un papel activo en el trabajo, la resistencia civil, la asistencia social y la lucha antifascista, y eso obligó a las instituciones oficiales y autoridades políticas reticentes a redefinir unos roles de género que permitiera la entrada de las mujeres en la esfera pública. Desde el comienzo mismo de la guerra, las organizaciones femeninas llevaron adelante una enérgica campaña para tener acceso al empleo remunerado. Enfrentadas al antagonismo masculino generalizado y a las ideas convencionales y pertinaces que se oponían al trabajo femenino asalariado, las mujeres intentaron, sin mucho éxito, desarrollar sus propios programas de formación profesional. Aunque se abordó el tema del trabajo femenino retribuido, todavía estaba circunscrito a las necesidades bélicas. No obstante, esta experiencia agudizó la conciencia de muchas mujeres, sobre todo la de las generaciones más jóvenes y, en cierta medida, ayudó a redefinir sus expectativas en cuanto a su derecho a tener una profesión y un empleo.

Las mujeres ocuparon puestos en la asistencia social y la salud pública, participaron activamente en la supervivencia de la sociedad en la retaguardia, tanto en zonas urbanas como rurales, ejercieron un papel decisivo en la resistencia civil y en la movilización antifascista masiva de la retaguardia y resistieron el avance del fascismo suministrando servicios de alimentación, de apoyo, asistenciales, sanitarios y culturales. Como resultado de este activismo, cuestionaron su destino exclusivo al hogar y desafiaron las muchas limitaciones tradicionales de la sociedad española. La movilización femenina durante la Guerra Civil ensanchó los límites de las esferas pública y privada y redefinió las fronteras de la domesticidad.

La experiencia de la guerra trajo consigo una nueva dimensión de las funciones clásicas de madre, ama de casa y proveedora del hogar porque ahora las mujeres proporcionaban alimentos, servicios de asistencia y las necesidades básicas para la supervivencia diaria de toda la población civil. Esta dimensión colectiva y pública del papel proveedor de las mujeres constituyó una línea divisoria y un reflejo exacto del desvanecimiento de las fronteras entre las esferas pública y privada en la retaguardia republicana. Los intereses que compartían en la supervivencia de la comunidad dieron una nueva legitimidad a la exigencia femenina de que les reconocieran un rol social más allá de los confines del hogar. Aunque dentro de las limitaciones de género, el estatus de las mujeres pasó de amas de casa a proveedoras de la comunidad con un papel significativo en la resistencia civil. Es cierto, también, que la participación de las mujeres en un nuevo contexto comunitario de base más amplia avivó la conciencia de sus derechos, pero nunca se cuestionó seriamente el núcleo del discurso de género.

Indudablemente, las opciones de las mujeres aumentaron durante los años de la guerra, lo que significó un cierto reajuste de las normas de conducta de género que les permitió, por primera vez, el acceso a ciertos ámbitos de la vida pública que previamente estaban reservados a los hombres. Los modelos tradicionales de la feminidad se adaptaron a las nuevas circunstancias de la guerra, lo que legitimó sus actividades en ese ámbito. Esta reestructuración de las fronteras de las esferas pública y privada y, más concretamente, la redefinición del espacio público, estaba claramente restringida. Si bien es cierto que a las mujeres ya no se les negaba el acceso a la esfera pública, la definición de lo que era público estaba todavía delimitada según el género. Se elaboraron nuevos modelos de conducta dentro del discurso modificado que establecía un papel femenino en la retaguardia pero excluyéndolo de los frentes. A pesar de la tremenda energía y el ímpetu que pusieron las mujeres en los nuevos campos de actividades, los roles de género nunca se redefinieron de tal modo que la división de los ámbitos público y privado se pusiera seriamente en duda. Aunque en cierto modo se cuestionaron los valores culturales tradicionales, nunca afloró una idea revolucionaria sobre las esferas pública y privada.

Las mujeres forjaron cambios apreciables en sus ideas, sus expectativas y, de un modo significativo, en su condición social. La realidad histórica y los procesos de cambio social y de género no son lineales y no encajan dentro de los marcos interpretativos de la transformación global. El cambio revolucionario no implica necesariamente una ruptura de las relaciones patriarcales o una honda oposición a la “civilización masculina”. En el caso de la Guerra Civil española, las mujeres republicanas, como colectivo social, ganaron un terreno significativo al mejorar su condición de género y abrieron nuevas perspectivas en sus opciones sociales, laborales y personales. No obstante, este progreso tuvo lugar dentro del contexto global de la limitación de los roles de género. Las pautas de cambio y continuidad con respecto a la situación general de las mujeres durante la Guerra Civil estaban todavía modeladas por las restricciones imperantes de las normas de género, que limitaban seriamente los cambios en las relaciones de poder entre los sexos.

El aprendizaje de las mujeres en el ejercicio público durante la guerra y la revolución puso de
manifiesto su capacidad para contribuir a la lucha contra el fascismo. Su nueva identidad colectiva en la lucha antifascista y, para muchas, en la causa revolucionaria, conformaron su compromiso político, creando su propio movimiento femenino de masas, popular y sin precedentes, que abordaba abiertamente los temas políticos. Su causa era la lucha antifascista y, para algunas, también el combate revolucionario, en el que jugaron un papel decisivo.

Las mujeres se politizaron en grado sumo durante la guerra y, por primera vez, consideraron
que la política tenía un gran interés para ellas. Al oponerse a los conceptos de género tradicionales que siempre habían defendido el monopolio masculino de la vida política, no sólo pusieron voz a sus ideas políticas sobre la guerra y la amenaza del fascismo, sino que también se convirtieron en protagonistas políticas comprometidas.

Su compromiso en la causa antifascista las impulsó a emprender una amplia gama de empeños políticos. Lograron movilizar a miles de españolas para tomar parte activa en defensa de la democracia; de hecho, su vigoroso antifascismo constituyó un aprendizaje político decisivo de los valores democráticos que para algunas fue un primer paso para reconocer que la sociedad española necesitaba un cambio revolucionario. La enérgica adhesión de las mujeres a la batalla antifascista agudizó su compromiso político global con la Segunda República y, por lo tanto, con la democracia, la libertad y los derechos humanos. Algunas activistas desafiaron a la “civilización masculina” cuestionado públicamente el monopolio y la hegemonía tradicionales de los hombres en el mundo de la política. Figuras excepcionales como Federica Montseny, Dolores Ibárruri y Margarita Nelken lograron el reconocimiento de las mujeres en la política. Sin embargo, lo más significativo es que, a nivel colectivo, la apatía histórica femenina hacia la esfera pública de los hombres cambió durante la guerra y la revolución mientras intentaban diseñar una nueva visión suya de la política.

El compromiso político antifascista configuró la experiencia bélica de las mujeres. Sin embargo, también es significativo que definieran un programa femenino en relación con su realidad social. Aunque muchas de sus exigencias específicas se perdieron en las circunstancias apremiantes de la guerra, su creciente capacidad para precisar los problemas específicamente femeninos fue decisiva para facilitar el desarrollo de su identidad colectiva. Definieron su programa y fijaron las prioridades respecto a su emancipación. Sus inquietudes feministas evolucionaron a partir del momento en que se dieron cuenta de las condiciones y necesidades de las mujeres. El camino hacia la emancipación femenina pasaba por la educación, el compromiso político, el derecho al empleo y el reconocimiento de su valía social. En el contexto de una guerra devastadora, el problema de la prostitución fue calificado también de interés prioritario en su programa.

Las ideas y las acciones innovadoras y revolucionarias de las mujeres en relación con la prostitución dio una nueva visión teórica que tenía su origen en un concepto de hermandad femenina que contradecía la clasificación habitual de las mujeres en ángeles, vírgenes o putas. Esta visión las llevó a cuestionar de manera decisiva el discurso de domesticidad. Se negaron a aceptar la categoría tradicional de “ángel del hogar” y aspiraron a que se reconociera su respetabilidad y dignidad. Sus ideas sobre la prostitución no admitían las actitudes sexistas habituales sobre la sexualidad y ponían en tela de juicio el derecho de los hombres al comercio sexual mercenario con las mujeres. Debatieron públicamente este componente de la “civilización masculina” y vincularon el problema a la necesidad de una revolución de los valores culturales y la conducta personal.

Durante la guerra y la revolución, los objetivos feministas eran la educación, la formación profesional, el empleo remunerado y los derechos políticos de las mujeres. Como hemos visto, una de las grandes prioridades era resolver el dilema de la prostitución; sin embargo, otros problemas que habitualmente se ligaban a los derechos de las mujeres, tales como la reforma sexual y el aborto, no estaban incluidos en su programa a favor de la transformación social y la emancipación femenina. En esta época de cambio radical, las cuestiones que preocupaban a las españolas todavía estaban configuradas por su experiencia histórica colectiva. Su historia social, política, cultural y de género inspiró sus estrategias de resistencia, sus alternativas y su forma de concebir el cambio feminista. Definieron su programa en sus propios términos y, por supuesto, se vieron influidas por las necesidades excepcionales de la guerra. A pesar de que el contexto era favorable a la legalización del aborto, las mujeres lo excluyeron de su lista de prioridades al igual que el control de la natalidad, y nunca definieron su derecho a la reproducción como un camino hacia la emancipación.

En la lucha contra Franco, la abundancia y la complejidad de la acción colectiva femenina puso de manifiesto la existencia de numerosas vías de protesta, cambio revolucionario y emancipación. La actividad social de las mujeres durante la Guerra fue muy clara, al igual que los múltiples frentes en los que desafiaban a la sociedad española tradicional y a “la civilización masculina”. Sin embargo, su actividad a favor de la transformación social se vio también constantemente influida por la interacción con la tradición, los mecanismos de control de género y la presión de los roles y los valores de género convencionales. Los valores culturales que seguían funcionando generaban conformidad, impedían los desafíos globales a la “civilización masculina” y constituían los límites al programa feminista de las mujeres. El consenso de género, así como las desavenencias, formaron las fronteras del cambio que abarcó la experiencia histórica colectiva femenina durante la Guerra Civil. Aun en épocas de cambio revolucionario, la capacidad de las mujeres para poner en tela de juicio el orden patriarcal establecido estaba sometida todavía a la constante influencia de su experiencia histórica y a los obstáculos socioculturales bien afianzados que se oponían a los cambios de género. El nuevo aprendizaje social de las mujeres, sus experiencias innovadoras y sus esfuerzos sociales durante la guerra constituyeron un legado magnífico para el futuro del movimiento femenino. El trágico resultado de la Guerra impidió su desarrollo.

La desoladora derrota final de las fuerzas republicanas el 1 de abril de 1939 dio paso a cuarenta años de dictadura bajo el mando de Franco. La Segunda República fue aplastada implacablemente y España perdió la democracia, la libertad constitucional y los derechos políticos hasta 1978, fecha en la que se instauró una constitución democrática. El nuevo régimen autoritario estaba marcado por una represión brutal, la eliminación de los derechos políticos e individuales y la abolición de la legislación democrática de la Segunda República.
Franco creó un nuevo Estado basado en una estructura estrictamente jerárquica en la que los pilares de la nueva España eran el nacionalsindicalismo y el nacionalcatolicismo.

La propaganda franquista trató de desacreditar al régimen democrático anterior afirmando que era depositario de la decadencia política y cultural. En esta crónica difamatoria destacaba los factores culturales y de género como culpables de la alteración de los valores sociales tradicionales como la irreligiosidad y, muy especialmente, del cambio en la situación femenina. Se afirmaba que el feminismo y las demandas de igualdad habían demostrado plenamente la creciente corrupción de las mujeres y el rechazo de su misión biológica natural como madres. El tradicional modelo femenino de “ángel del hogar”, la esposa y madre dedicada y sumisa, se había deteriorado al otorgárseles los derechos políticos. Así, la emancipación femenina fue acusada de ser un signo de la decadencia moral del régimen democrático republicano.

Bajo la dictadura de Franco, la principal función social de las mujeres era la maternidad. Por eso, sus aspiraciones respecto al trabajo, la educación, la actividad social y la emancipación, se consideraban una amenaza para su destino biológico como procreadoras de las futuras generaciones de la patria española. La politización de las mujeres sólo podría darse a través del cumplimiento de un destino femenino común basado en su función reproductora. La sexualidad, la educación y el trabajo de las mujeres se regularon conforme a este destino biológico en tanto que la maternidad se idealizaba y se consideraba un deber a la patria. La ideología franquista exclusivamente como madres de una prole que frenaría la tendencia a la baja de la tasa de natalidad e impediría así la decadencia de España.

La represión de la dictadura franquista cerró brutalmente el camino de las mujeres hacia la emancipación. Las voces femeninas desaparecieron, sus organizaciones se dispersaron y se desautorizó su presencia recién adquirida en la esfera pública. El nuevo régimen defendía la sumisión, la docilidad y la obediencia incuestionable de las mujeres a los principios tradicionales de la domesticidad. Pilar Primo de Rivera, dirigente de la Sección Femenina, única organización oficial de mujeres franquistas, subrayó que el destino absoluto e inevitable de las mujeres era la maternidad, papel al que calificó de “función biológica, cristiana y española.

El nuevo Estado respaldó la idea tradicional de la Iglesia Católica que proclamaba que el deber sagrado de las mujeres era la maternidad y la familia. Los valores fascistas, mezcla de los católicos y los falangistas tradicionales, se infiltraban en el tejido cultural de la sociedad española modelando y perpetuando los roles femeninos tradicionales. El discurso religioso y de género de principios de siglo se recuperó para reforzar un modelo de feminidad de madres y amas de casa. El nuevo régimen destruyó los principios igualitarios de los años treinta con un código de género que una vez más estaba basado en el concepto de la distinta naturaleza de las mujeres. Además, las características de identidad femenina de abnegación, resignación y sacrificio por los hijos y el esposo que habían definido el régimen de Franco, minaban seriamente los valores recién adquiridos de amor propio, identidad colectiva, creatividad y actividad femenina.

El servicio social obligatorio para todas las mujeres, bajo la dirección de la Sección Femenina, preparaba y adoctrinaba a las mujeres en los cánones de la ideología franquista y los roles tradicionales de género. Aunque en la práctica algunas de las dirigentes de la Sección Femenina rompieron con las normas de la domesticidad al ser solteras y desempeñar actividades fuera del hogar, a las jóvenes se les educaba para que concibieran su identidad y sus expectativas sociales exclusivamente en términos del matrimonio y la maternidad. Si bien se admitía que las mujeres recibieran educación, el sistema transmitía modelos educativos de género que instruían a las chicas en las virtudes de docilidad, sumisión, sacrificio propio y modestia. Los preceptos culturales del régimen de Franco propagaron el concepto de humildad y anularon la identidad colectiva de las mujeres; por su parte, estos códigos de género retrógrados invalidaron lo que las mujeres habían conquistado durante los años de la Guerra Civil.

La actitud claramente hostil hacia toda sugerencia de emancipación femenina, hizo que la condición de las mujeres se viera rebajada inmediatamente. Una vez más, las normas culturales franquistas volvieron a catalogar a las mujeres como ángeles, vírgenes o putas. El ideal femenino del prototipo de mujer excluía toda actividad en el ámbito político, siendo el hogar y la familia los únicos espacios autorizados a las mujeres. El sufragio, los derechos políticos y las conquistas sociales que alcanzaron en la Segunda República fueron denigrados y rechazados sistemáticamente al tiempo que les arrebataban los logros que se habían ganado a pulso. Ya no podían participar en la esfera pública, en el trabajo remunerado, en la política ni en la cultura. En 1939, el Fuero del Trabajo, la legislación laboral más importante del régimen, estipulaba que el nuevo Estado “liberará a las mujeres casadas del taller y la fábrica. El trabajo se volvió a definir como un monopolio masculino, y el lugar de trabajo, un territorio exclusivo de los hombres. Las victorias de los años bélicos se perdieron cuando las mujeres fueron confinadas de nuevo al hogar y la familia.

En el período trágico de la postguerra, muchas mujeres fueron brutalmente reprimidas, encarceladas o ejecutadas a causa de su actuación en la Guerra Civil. Pero, aunque el régimen de Franco cortó el camino hacia la libertad y la emancipación, no consiguió anular completamente la experiencia social de aquellos años. Si bien la represión impidió el desarrollo de la conciencia colectiva, la práctica que adquirieron las mujeres durante la guerra aumentó su capacidad para protestar y crear estrategias de resistencia contra la dictadura. La opresión política puso fin a la organización masiva de mujeres antifascistas y a la lucha abierta a favor de la democracia en España, pero no anuló su voluntad democrática ni su propósito de emancipación. A lo largo de las décadas fascistas, muchas mujeres continuaron su lucha política en el exilio forzoso; otras, dentro de España, participaron activamente en el movimiento democrático y clandestino de oposición a Franco.

A pesar de la legislación represiva y el adoctrinamiento sistemático a cargo de la Sección Femenina, muchas españolas se negaron a acatar el modelo franquista de madre sumisa. No hay pruebas que demuestren que las mujeres aceptaran incondicionalmente su destino biológico como madres conforme a las normas del régimen, ni de que se identificaran con las implicaciones ideológicas de las políticas del nuevo estado.
A pesar de los métodos férreos que la dictadura franquista tenía a su disposición, su discurso y sus políticas legislativas no siempre lograban imponer las prácticas fascistas entre las mujeres españolas. Las que participaron en la Guerra Civil nunca perdieron de vista sus derechos y se sirvieron de la experiencia y los conocimientos adquiridos en las duras circunstancias de la guerra para poner en práctica las estrategias de supervivencia durante los años aún más desoladores de la postguerra.

Bajo el mandato de Franco, la política, la cultura y la economía eran dominios que estaban exclusivamente en manos de los hombres. Durante los años de la dictadura se silenciaron las voces de las mujeres; el régimen fomentó la amnesia histórica respecto a su pasado y a su capacidad para el cambio social. Las nuevas generaciones de españolas, nacidas y educadas bajo la dictadura, no pudieron beneficiarse de la experiencia de sus antecesoras. Durante más de treinta y cinco años fueron educadas en los códigos de género del ideal femenino de la mujer franquista y en la ignorancia de la práctica democrática del pasado. Sin embargo, el historial femenino en la lucha contra el fascismo y la “civilización masculina” no se perdió por completo. A principios de los años setenta, el floreciente movimiento feminista, las activistas de la oposición política a Franco y las historiadoras especializadas en estudios de las mujeres, se las ingeniaron para reconstruir el eslabón perdido y recuperar la visibilidad y el papel de las mujeres en la guerra y la revolución. Descubrir el compromiso de sus antecesoras con la democracia y los derechos de las mujeres moldeó la conciencia de las nuevas generaciones de españolas y las estimuló a encontrar un papel activo en la lucha por la democracia, la libertad y la liberación de las mujeres.

Extraído de “Rojas: las mujeres republicanas en la Guerra Civil” de Mary Nash


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Historia del aborto en España

“El fin de la esclavitud de la maternidad continua”

El hecho de que históricamente, el aborto haya sido un asunto público de los varones, ha sido determinante en España a la hora de impedir el desarrollo de estrategias concebidas por parte de las mujeres para derribar los obstáculos tradicionales y crear su propia agenda en torno a sus derechos reproductivos. Durante muchos años el aborto formó parte de la cultura clandestina, siendo una realidad social marginada.

En España el aborto inducido referido a la interrupción voluntaria del embarazo ha sido una práctica que no siempre ha estado regulada. Cuando lo ha estado, a través de los códigos penales, ha sido considerada una práctica penalizada. El Código Penal Español de 1822 en sus artículos 639 y 640 establecía penas de reclusión en distinto grado que podían alcanzar los 14 años para los profesionales que lo facilitaran y de hasta 8 años para las mujeres embarazadas que abortaran.​

El 14 de abril de 1931 se proclamaba la II República. Hasta entonces las mujeres eran tratadas como menores de edad. Feministas, obreras y militantes anónimas consiguieron multitud de derechos para las mujeres: el voto, el divorcio, la escolarización de las niñas y el aborto.

En el año 1936 por primera vez en España se reguló esta práctica legal.

El 25 de diciembre de 1936, en Cataluña se legaliza el aborto libre durante las 12 primeras semanas de embarazo mediante decreto firmado por Josep Tarradellas y publicado el 9 de enero de 1937 (Diario Oficial de la Generalidad de Cataluña, núm.9).​ En la zona leal a la República  durante la Guerra Civil Española, siendo ministra de Sanidad la cenetista  Federica Montseny, en el gobierno presidido por el socialista Francisco Largo Caballero se despenalizó la práctica del aborto inducido en 1937, pero su vigencia duró muy poco, pues el bando franquista la derogó

El derecho sobre la “Interrupción Artificial del Embarazo”, de 25 de diciembre de 1936, regulaba el aborto y autorizaba su práctica en “hospitales, clínicas e instituciones sanitarias pertenecientes a la Generalitat de Cataluña en los cuales se habían creado servicios especiales” a este efecto. Para febrero de 1937, se habían constituido servicios dedicados al aborto en cuatro centros médicos de Barcelona y en cuatro hospitales regionales de otras zonas de Cataluña.

Cataluña sobresalió en Europa occidental por lo avanzado de su legislación en este tema. Esta iniciativa fue aún más sorprendente al tener lugar en un país conocido tradicionalmente por su conservadurismo. Sin embargo, las circunstancias revolucionarias de la Guerra Civil impulsaron los cambios sociales por iniciativa de los anarquistas quienes situaron la reforma del aborto entre las prioridades de su programa.

El aborto ya había aparecido en España como problema social a comienzos del siglo XX, cuando salió a la luz pública en una fuerte polémica que se centró no sólo en sus repercusiones morales e ideológicas sino también en las consecuencias sanitarias de su práctica generalizada. Varios médicos y abogados habían justificado entonces la práctica del aborto terapéutico si la salud de la madre corría grave peligro. En este debate, sólo éste se consideraba legítimo y muchos de estos profesionales hacían una distinción precisa entre el aborto criminal y el terapéutico.

Dada la omnipresencia de la Iglesia Católica y de la ideología conservadora en España, es verdaderamente sorprendente que en los años veinte algunos médicos y abogados muy conocidos, progresistas y liberales, apoyaran el aborto terapéutico voluntario. Aún más significativo resulta que a comienzos de los años treinta se llegara a aceptar públicamente como legítimo el aborto terapéutico en conferencias celebradas en foros tan tradicionales y prestigiosos como la Academia Nacional de Medicina.

La discusión pública sobre el problema del aborto ha tenido siempre una clara definición de género. Las mujeres siempre habían guardado silencio en este debate que estaba restringido a los profesionales varones y al clero. De modo que a pesar de que el aborto era esencialmente una cuestión femenina porque suponía el control de las capacidades reproductoras de las mujeres mediante la terminación del embarazo, las españolas de principios del siglo XX no lo abordaron como problema público. ¿Porqué?

Las mujeres estaban ausentes del debate público sobre diversos problemas como el control de la natalidad y el aborto porque el discurso de la domesticidad y la separación de las esferas pública y privada hacían muy difícil que lograran una representación en el ámbito público. Las normas de conducta social estimaban que toda participación femenina sobre cualquier tema en un debate público transgredía las reglas de conducta de género establecidas, de modo que muy pocas mujeres cuestionaban el monopolio masculino del ámbito público.

Las mujeres que participaban en los foros públicos pertenecían a una elite minoritaria y, desde luego, no eran representativas de las españolas como colectivo. En una sociedad conservadora en la que la Iglesia Católica era una institución social omnipresente cuya misión era salvaguardar los valores morales tradicionales, toda discusión sobre sexualidad y cuestiones reproductivas conllevaba un enorme estigma. Eran temas tabú, moralmente inadmisibles y, por lo tanto, no los discutían los hombres en general y menos aún las mujeres.

Las que se ajustaban a los criterios de género no podían debatir en público ningún tema ni mucho menos cuestiones tan escandalosas como el aborto. No se consideraba adecuado que las mujeres mostraran signos de interés por estos asuntos, pues esto se juzgaba indignante y un signo de lascivia, promiscuidad o indecencia. Incluso en privado, con sus propios maridos, las mujeres no solían discutir abiertamente cuestiones de sexualidad o de reproducción porque los varones consideraban que todo interés o conocimiento en este campo era amenazador, signo de moralidad dudosa o deseos antinaturales.

A las mujeres se les representaba como asexuales, etéreas, seres inocentes, los “ángeles del hogar”, de modo que prácticamente ninguna mujer que suscribiera los valores culturales dominantes y las pautas de conducta de género se atrevería nunca a debatir en público cualquiera de estas cuestiones y tal vez ni siquiera en privado. Tal participación podría provocar obviamente el ostracismo social y, seguramente, el rechazo masculino, de modo que encontramos muy pocas mujeres que discutieran públicamente sus derechos reproductivos y su visión de la sexualidad o del control de natalidad. Su aislamiento era aún más acentuado porque no había organizaciones femeninas que abordaran este debate. Y dada la cantidad sumamente reducida de mujeres médicos, no existían agrupaciones femeninas de profesionales de la medicina que pudieran haber justificado su interés siquiera en el terreno profesional.

El silencio de las mujeres sobre el tema del aborto se debía a las restricciones de género y las inhibiciones morales y religiosas. Pero había también otra razón: el predominio de las ideas patriarcales tradicionales sobre la mujer. La definición de la identidad femenina a través de la maternidad y la domesticidad era todavía, en esencia, un valor cultural indiscutible. De modo que habría sido difícil que las mujeres articularan un debate público sobre los derechos reproductivos que las disociara de su rol principal como madres y reproductoras de la especie. Cuando poco a poco estos temas se llegaron a considerar adecuados para el debate público, no fue un interés por los derechos reproductivos de la mujer o su autodeterminación los que los generaron, sino más bien la preocupación por las elevadas tasas de mortalidad, la higiene, la eugenesia, la salud pública o, incluso, el cambio social. Durante este período, el punto de vista de las mujeres estaba ausente de las discusiones sobre el aborto. Esta omisión, junto al silencio femenino, hace difícil determinar cuál era entonces en España el peso específico del género tanto en el debate como en la práctica real del aborto. Además, las discusiones públicas sobre el aborto eran más perceptibles que su práctica real.

Los datos apuntan a la existencia de dos canales distintos para abordar esta cuestión en la sociedad española durante los años veinte y treinta. El primero y más patente era el interés público de los profesionales varones; el segundo, la práctica privada, silenciosa, femenina y pragmática del aborto. Estos dos canales no se cruzaban sino que se desarrollaban por sendas de planteamientos y prácticas diferentes. Uno pertenecía al ámbito profesional de las autoridades sanitarias públicas, al movimiento eugénico y a las profesiones médica y legal; el otro, al dominio de la cultura clandestina, las redes femeninas y la complicidad silenciosa.

Las mujeres abortaban pero no discutían públicamente las consecuencias éticas, morales o médicas del aborto; era la elite profesional quien lo hacía y quien lo sacó a la luz pública como un problema social. Además, hasta su legalización en Cataluña en diciembre de 1936, no sólo había sido condenado moral y religiosamente, sino también perseguido legalmente. Su práctica era clandestina e ilegal. Las redes femeninas difundían información sobre abortivos, remedios caseros, direcciones de practicantes y apoyos materiales y morales. La mayoría de los practicantes eran mujeres, comadronas o “parteras”, a quienes consultaban las mujeres cuando querían asistencia médica de personas ajenas a su entorno. Así, la práctica del aborto tenía una especificidad de género decisiva, que incluía la experiencia de las mujeres, teniendo también connotaciones de clase, ya que era un fenómeno social en el que mayoritariamente intervenían las obreras. Además, es posible que, durante la Guerra Civil, el fracaso en Cataluña de los servicios destinados al aborto legalizado y la inhibición de las mujeres a utilizarlos resida en la falta de presencia femenina en el desarrollo de los programas políticos y los servicios sanitarios públicos relacionados con aquél.

La legalización del aborto en Cataluña en 1936 no fue el resultado de la creciente normalización del aborto terapéutico, fue una iniciativa anarquista que debe entenderse en el marco del movimiento libertario a favor de la reforma sexual. A finales de los años veinte, los reformadores sexuales anarquistas introdujeron los temas reproductivos dentro de su estrategia global a favor del cambio social. De modo que, en una progresión lógica, una vez alcanzado el poder en 1936 y en situación de dirigir la política sanitaria pública, también se aplicaron a las cuestiones de la reproducción. Para el pequeño núcleo de reformadores sexuales anarquistas, las estrategias destinadas a la transformación social suponían también el desarrollo de los derechos en este campo.

Históricamente, la política anarquista de reproducción no se había centrado en el aborto sino más bien en el control de la natalidad, constituyendo el aborto siempre un aspecto marginal de la reforma sexual anarquista y las políticas sobre el control de natalidad. Las estrategias reproductivas se apoyaban en el uso de anticonceptivos como método para llegar a cabo la planificación familiar, en tanto que el aborto nunca se contempló en ese aspecto. Los anarquistas pensaban que la información sobre el control de la natalidad eliminaría la necesidad del aborto, de modo que se concentraron en difundirla. No obstante, no ignoraban la realidad social del aborto clandestino y, aunque no lo excusaban, se llegó a aceptar como una estrategia de resistencia de la clase obrera para evitar mayores problemas familiares económicos y sanitarios.

La legislación del aborto de 1936 representaba, en gran medida, una confirmación del proyecto anarquista para proporcionar servicios de planificación familiar y sanitarios en el nuevo clima de cambio social, de modo que hay que contemplarlo teniendo en cuenta las circunstancias de las innovadoras políticas sanitarias del gobierno catalán y el desarrollo de unas nuevas estrategias económicas y revolucionarias en todo el país. La figura clave en el desarrollo de la nueva política sobre el aborto fue el doctor Félix Martí Ibáñez uno de los organizadores más destacados del movimiento anarquista de reforma sexual. Como director general de Sanidad y Asistencia Social de la Generalitat de Cataluña, patrocinó una política sanitaria para satisfacer las necesidades populares en los ámbitos de la medicina social y preventiva. La reforma eugénica era una parte importante de las políticas globales de reestructuración de la sanidad pública y la asistencia social. Esta reforma puso especial interés en el cuidado de las mujeres y los niños de clase obrera y se centró en la reforma sexual, el control de la natalidad, la asistencia maternal y la prostitución. La ley del aborto formaba parte de la política global de reforma eugénica.

La “Reforma Eugénica del Aborto”, como se denominaba la ley, respondía a unos principios básicos revolucionarios eugénicos, higiénicos y de clase. La legalización del aborto se puede considerar en primer lugar como una medida higiénica pragmática concebida para regular su ejercicio encubierto. La legislación fijaba una serie de metas destinadas a la erradicación del aborto y el infanticidio clandestinos, la reducción de las enfermedades y la moralidad debida a las prácticas abortivas y, por último, la disminución del aborto mediante la promoción de servicios de control de natalidad y planificación familiar, lo que facilitaría que las madres obreras no tuvieran que recurrir al aborto como estrategia de control reproductivo.

La ley era avanzada para su época, ya que ponía pocas restricciones a aquellas que se proponían abortar. Los abortos se aprobaban según diversas categorías: terapéutica (mala salud física o mental de la madre), eugénica (incesto paterno o posibilidad de transmisión de defectos físicos o mentales), neo-maltusiana (la voluntad consciente de practicar el control de natalidad voluntaria) y personal (razones éticas o sentimentales para evitar la maternidad no deseada). El interés primordial de la reforma era facilitar el aborto a las mujeres cuyo embarazo fuera perjudicial para su salud o cuando existiera peligro de malformación o mala salud para el feto. Los principios básicos de la eugenesia constituían el elemento principal de la política del aborto promocionada por las autoridades sanitarias anarquistas. Este énfasis respondía al serio problema sanitario que provocaba la práctica del aborto clandestino en condiciones peligrosas para la salud e intentaba proporcionar un remedio inmediato a la situación. El enfoque eugénico se acercaba también al pensamiento tradicional en el seno del movimiento anarquista de reforma sexual, que apenas había abordado los problemas de los derechos reproductivos desde la perspectiva de la autonomía y la autodeterminación femeninas.

La nueva legislación otorgaba un amplio grado de autonomía individual sobre la decisión de practicar el aborto. Como había sucedido en otras campañas anteriores sobre el control de la natalidad, la frase “maternidad consciente” se convirtió en uno de los lemas de la nueva política sanitaria pública; la mujer tenía ahora la opción de la maternidad cuando las condiciones sanitarias y económicas fueran las óptimas. Se apoyaba el control de la natalidad como mecanismo para eliminar “la esclavitud de la maternidad continua”, que arruinaba la salud de muchas madres de clase obrera.

La reforma eugénica del aborto exigía también crear centros de planificación familiar para informar y asesorar sobre el uso de métodos anticonceptivos, la política se centraba en la eliminación efectiva de la práctica del aborto mediante el uso creciente de métodos anticonceptivos eficaces. Conforme a la ley, una mujer sólo podía abortar una vez al año salvo en circunstancias terapéuticas especiales que aconsejaran la terminación del embarazo. A pesar de que se recomendaban una extensa gama de métodos anticonceptivos, su utilización estaba condicionada por factores de clase y género.

Debido a que normalmente los anticonceptivos se asociaban a la prostitución poseían un estigma social que impedía a las mujeres acceder a ellos con facilidad. La mayoría no estaban dispuestas a arriesgarse a perjudicar su reputación comprándolos. Otro obstáculo a un control eficaz de la natalidad era que gran parte de los métodos exigían una conducta médica previa y una supervisión constante. Una situación como ésta habría sido totalmente impensable por muchas razones. Las mujeres raras veces consultaban con sus médicos sobre temas reproductivos, pues no se consideraba apropiado hablar de estos asuntos. Además, la situación no podía cambiar mientras los propios médicos continuaran sin respaldar el control de natalidad y se consideraran a sí mismos defensores de la moralidad y los valores sociales tradicionales. Asimismo, si se tienen en cuenta las distinciones de clase, muy pocas mujeres de clase obrera hubieran podido permitirse los gastos de una consulta médica. De hecho, los honorarios más baratos de las comadronas era una de las razones de que constituyeran una opción más atractiva y realista como asesoras populares para las dolencias de las mujeres. Como consecuencia de las restricciones sociales, pocas mujeres tenían acceso a una información y una orientación médica sobre los mejores métodos anticonceptivos. Un obstáculo adicional para las mujeres trabajadoras era, sin duda, el hecho de que todos los dispositivos y productos anticonceptivos eran caros y su compra demasiado gravosa para la mayoría de sus presupuestos.

A pesar de que las revistas sobre la reforma sexual anarquista, como Generación Consciente y Estudios, y las numerosas publicaciones sobre el control de natalidad ofrecían un cierto grado de información acerca de sus técnicas, el coitus interruptus y el aborto parecen haber sido las opciones más viables para reducir el tamaño familiar. El coitus interruptus era, al parecer, la forma de contracepción más común que se practicaba en España en este período. El aborto en gran medida parece que fue una decisión femenina que no implicaba necesariamente a su pareja y que solía darse dentro de la estructura de una red femenina de ejecución y apoyo.

A pesar de la entusiasta campaña de los reformadores sexuales anarquistas para introducir la “reforma eugénica del aborto” y una dimensión de género progresista en la propia legislación, la aplicación de la nueva reglamentación fracasó y la práctica habitual de abortos clandestinos continuó. Desde una perspectiva de género, la legislación del aborto tenía un claro contenido emancipatorio y en ella las mujeres tenían un grado de autonomía significativo, pues estaban autorizadas a abortar no sólo por motivos de salud o eugenesia, sino también atendiendo a la autodeterminación. Los derechos reproductivos de las mujeres estaban protegidos por la ley, que estipulaba que, en el caso de que una alegara razones sentimentales o éticas para abortar, su sola opinión se tendría en cuenta y ninguno de los miembros de su familia tenía derecho a oponerse.

El fracaso de esta reforma puede explicarse por la actitud hostil de la profesión médica. Los médicos no estaban dispuestos a colaborar en la reforma, aunque estaban obligados a ello según las disposiciones del decreto. La ley no establecía una cláusula de conciencia que previera la asignación voluntaria a este servicio. Las disposiciones legales eran rigurosas en cuanto a que todos los especialistas en ginecología estaban obligados a proporcionar el servicio, pero las cuestiones morales y éticas no eran los únicos determinantes de la actitud hostil de la profesión médica. La cuestión esencial era que los médicos controlaran la decisión, lo que solían hacer basándose en razones terapéuticas. El derecho de las mujeres a
abortar por motivos personales, éticos o neo-maltusianos reconocidos en la nueva legislación iba mucho más allá de la base legal habitual aceptada por la profesión médica. Ya no se autorizaba el aborto sólo por causas terapéuticas y, lo que es más importante, el derecho de
decisión ya no estaba limitado a los médicos. La nueva ley fue rechazada por el grueso de la profesión médica que se sentía agraviada por la interferencia en sus asuntos y era hostil a las políticas anarquistas Esta animosidad fue absolutamente determinante del fracaso de los servicios de abortos. No sólo impedía los abortos clínicos sino también el envío de pacientes a estos servicios y a los centros de planificación familiar. Los médicos pudieron ser los agentes decisivos para la normalización de la práctica del aborto en los hospitales, pero Martí Ibáñez y los reformadores sexuales anarquistas no lograron ganarse su apoyo. La mayoría de los médicos lo ignoraron o lo boicotearon.

El alto grado de analfabetismo femenino, junto con el hecho de que los promotores de la
reforma del aborto eran un puñado aislado de hombres anarquistas con pocos recursos, dio como resultado una regulación en la que las mujeres no tenían voz en su desarrollo ni en su aplicación. Las mujeres siguieron funcionando en el seno de la cultura clandestina del pasado y no se identificaron con esta política pública. En lugar de utilizar los servicios, las mujeres continuaron sometiéndose a abortos clandestinos. Cada año morían en España entre 200 y 400 mujeres por abortos clandestinos. Hasta 1985 fue un delito y una práctica penalizada que establecía pena de prisión para los profesionales que lo practicaban y para las mujeres que se sometían a un aborto.

La ley del aborto de 1985

La primera ley del aborto (la Ley Orgánica 9/1985 de reforma del artículo 417 bis del Código Penal) lo despenalizó en tres supuestos: en cualquier momento si existe “un grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada”; en las 12 primeras semanas en caso de violación; y dentro de las 22 semanas si el feto va a nacer con “graves taras físicas o psíquicas“.

La despenalización del aborto en los años 80 supuso un importante cambio social para los mujeres en los primeros años de la democracia. Aún así, esta primera ley contemplaba de seis meses a un año de cárcel (o multa de 6 a 24 meses) para las que abortaran fuera de los tres supuestos. El “grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la madre”, que permitía abortar sin límite de tiempo, requería “un dictamen emitido con anterioridad a la intervención por un médico de la especialidad correspondiente, distinto de aquel por quien o bajo cuya dirección se practique el aborto”. El dictamen era prescindible si existía riesgo vital para la mujer.

En el caso de las “graves taras físicas o psíquicas” del feto, que permitía la interrupción dentro de las 22 primeras semanas, también hacía falta un dictamen previo “emitido por dos especialistas de centro o establecimiento sanitario, público o privado, acreditado al efecto, y distintos de aquel por quien o bajo cuya dirección se practique el aborto”. En el caso de la violación era necesaria la denuncia para abortar en las 12 primeras semanas.

LA LEY DEL ABORTO de 2010

La Ley Orgánica 2/2010 de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo aprobada por el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, siendo la Ministra de Igualdad Bibiana Aído, despenaliza el aborto y permite el aborto libre en las 14 primeras semanas; dentro de las 22 semanas si existe “grave riesgo para la vida o salud de la embarazada” o “riesgo de graves anomalías en el feto”; y en cualquier momento si se detectan “anomalías fetales incompatibles con la vida o cuando se detecte en el feto una enfermedad extremadamente grave e incurable”.

La ley solo exige que la mujer haya sido informada “sobre los derechos, prestaciones y ayudas públicas de apoyo a la maternidad” y que haya transcurrido un plazo de tres días desde la información hasta la realización de la intervención.

En el caso de “grave riesgo para la vida o la salud de la embarazada” sigue siendo necesario un dictamen de un médico distinto al que practica el aborto. En el caso de “riesgo de graves anomalías en el feto” o de “anomalías fetales incompatibles con la vida” es necesario un informe de dos especialistas. Si de lo que se trata es de una “enfermedad extremadamente grave e incurable” lo tiene que confirmar un comité clínico.

La ley de 2010 establece que la decisión es de la mujer a partir de los 16 años y solo obliga a informar de ella a uno de los representantes legales de la menor, padre o madre, excepto en los casos que dicha situación puede provocar “un conflicto grave” o peligro de “violencia intrafamiliar, amenazas, coacciones, malos tratos” o se produzca una “situación de desarraigo o desamparo”.

En enero de 2012, el Ministro de Justicia del Partido Popular anunció  su intención de reformar la Ley del Aborto aprobada por el Gobierno socialista, que era una ley de plazos como la existente en la mayoría de los países europeos pero que fue muy contestada por la Iglesia católica (especialmente en el tema de que las menores entre 16 y 18 años pudieran abortar aunque no tuvieran el consentimiento de sus padres), para volver al modelo de la ley de 1985, en la que las mujeres tenían que alegar motivos para justificar su decisión. Como protesta por el proyecto de reforma el 1 de Febrero de 2014 se organizó en Madrid una masiva manifestación que se denominó El tren de la Libertad. El desarrollo de la protesta fue recogido en el documental, Yo decido.  en el que participaron más de 80 cineastas y profesionales del mundo audiovisual.

El 23 de septiembre de 2014, el Ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón  anuncia su dimisión como Ministro tras la retirada del proyecto de Ley del Aborto por parte del ejecutivo de Mariano Rajoy. Finalmente en 2015 el Partido Popular aprobó que las menores de edad de 16 y 17 años necesiten permiso paterno para poder abortar.

La reforma de la ley del aborto del 2015 dice que las mujeres menores de 16 y 17 años que quieran abortar deben tener el consentimiento de sus representantes legales (padre, madre o tutor): “Esta Ley Orgánica suprime la posibilidad de que las menores de edad puedan prestar el consentimiento por sí solas, sin informar siquiera a sus progenitores. De este modo, para la interrupción voluntaria del embarazo de las menores de edad será preciso, además de la manifestación de su voluntad, el consentimiento expreso de los titulares de la patria potestad”, afirma la ley.

Esta ley entiende que las menores de edad deben recibir este consentimiento porque “es fundamental para situaciones de vital importancia e impacto futuro, como es la interrupción voluntaria del embarazo. No se trata únicamente de la protección de la menor, sino que su cuidado comprende el núcleo esencial de todas esas figuras jurídicas; y así lo fija el Código Civil, tanto en el artículo 154, estableciendo que entre los deberes y facultades del ejercicio de la patria potestad está el de «velar por ellos, tenerlos en su compañía, alimentarlos, educarlos y procurarles una formación integral», como en el artículo 269, que dispone que «el tutor está obligado a velar por el tutelado», y, en particular, «a educar al menor y procurarle una formación integral»”.

Todas las mujeres menores de 18 años que quieran interrumpir su embarazo deberán ir acompañadas a la clínica con su progenitor o representante legal para que firme el consentimiento de la intervención. Todas las mujeres españolas mayores de 18 años que quieran interrumpir su embarazo lo podrán hacer hasta la semana 14 de embarazo, sin dar explicaciones del motivo que les lleva a tomar esa decisión, eso sí, deberá ser una decisión tomada desde la libertad, sin coacciones. Las mujeres extranjeras que estén en situación irregular en nuestro país, solo podrán acceder al aborto de manera privada, no tienen derecho al aborto gratuito.

Desgranando los datos cabe señalar que en (2016), 58.158 mujeres realizaron su primer aborto; 23.049, el segundo; 7.718, el tercero; 2.514, el cuarto; 896, el quinto y 796 el sexto o más. 83.507 -el 90%- fueron a petición de la gestante y solo 315 por anomalías fetales incompatibles con la vida.

La prohibición y penalización del aborto inducido no impediría que se siguieran realizando alrededor de 100 000 abortos al año. La penalización no resolvería el problema, ya que la clandestinidad contribuiría decisivamente en la muerte de mujeres a las que se practica el aborto en condiciones de ilegalidad e inseguridad jurídica y sanitaria. Además, según argumentan los defensores del aborto inducido legal, el problema de la clandestinidad afecta fundamentalmente a las mujeres pobres o con menos recursos económicos ya que las mujeres en mejor posición social habrían recurrido al conocido como turismo abortivo  (viajes a otros países para practicar allí el aborto inducido).

Referencias: “Rojas: las mujeres republicanas en la Guerra Civil” de Mary Nash.www.rtve.es/noticias/20150218/leyes-del-aborto-espana-ley-supuestos-1985-plazos-2010/828240.shtml. wikipedia.org/wiki/Aborto_en_Espa%C3%B1a#Debate_sobre_el_aborto

NI UNA MENOS

creciendo en igualdad

El azar se ha encargado de conducir esta carta y llevarla hasta tus manos. No pretendo nada, ya que yo misma me otorgo el galardón; este no es otro que el de haber obtenido la fuerza de atreverme a compartir lo que a continuación relato.

Cada día mueren 137 mujeres en el mundo como consecuencia de la violencia machista, según estimaciones de la ONU. La educación es una de las herramientas más importantes en la erradicación de esta violencia

PROPUESTAS DIDÁCTICAS DESDE EL SINDICATO DE MUJERES DOCENTES

La Organización de Mujeres de la Confederación de Sindicatos de Trabajadores y Trabajadoras de la Enseñanza (STES Intersindical) ha lanzado propuestas didácticas para trabajar en el aula la eliminación de la violencia contra las mujeres, que el profesorado, educadoras y educadores, de todos los ámbitos y niveles pueden descargarse gratuitamente aquí: Unidades Didácticas 25 noviembre 2019 – STES  

NI MAS NI MENOS es otro programa educativo que ha salido a la luz recientemente y que promueve en las aulas la erradicación de la violencia de género. Desarrollado e impulsado por el Departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón, cuenta con cuatro unidades didácticas con actividades que echan mano de vídeos, cuestionarios, juegos, manualidades y música. Conoce el rap “Ni más ni menos” para fomentar la igualdad de género en el que han participado alumnos y alumnas del IES Avempace, IES Valdespartera, IES Miralbueno, CEIP Doctor Azúa, CEIP José María Mir y El Espartidero. La iniciativa se ha gestado en unos talleres de Rap Creativo que se han impartido en los centros aragoneses.

Decálogo de una Mujer Empoderada

El empoderamiento de la Mujer es un proceso urgente y necesario que nos llevará a la complementariedad con el hombre y que hará surgir una nueva sociedad. Al empoderarnos no necesitamos ser rescatadas por ningún príncipe. El rescate procede de nuestro interior. El empoderamiento es un proceso por el cual los individuos obtienen el control de sus decisiones y de sus acciones; expresan sus necesidades y se movilizan para obtener mayor acción política, social y cultural para responder a sus necesidades, a la vez que se involucran en la toma de decisiones.