Rojas

Las mujeres republicanas en la Guerra Civil

La guerra alteró la vida cotidiana de las mujeres y los estilos de vida habituales, y generó una respuesta masiva e inmediata de apoyo activo contra Franco y la agresión fascista. Transformó la vida de las mujeres en muchos aspectos dándoles una mayor autonomía de movimiento y decisión de la que hicieron uso inmediatamente. A pesar de las duras condiciones, muchas mujeres vivieron la Guerra Civil como una experiencia emocionante que les permitiría desarrollar su potencial hasta un punto que la sociedad española nunca les había consentido con anterioridad. La nueva participación de las mujeres en tareas masculinas como la guerra de trincheras, los servicios comunitarios y la asistencia social, el trabajo en las fábricas o en los transportes, fue para muchas una experiencia liberadora. El amor propio y una mayor confianza en sus aptitudes aportaron a las mujeres nuevas expectativas respecto a su propio rol en la sociedad y una conciencia más amplia de sus derechos. Exigieron un mayor reconocimiento de su condición social como mujeres así como el derecho al empleo, la formación profesional y una participación directa en todas las esferas relacionadas con el esfuerzo bélico.

El dinamismo femenino fue patente durante toda la guerra, como lo demostraron al emprender nuevas actividades sociales, económicas y militares. Se organizaron a una escala sin precedentes; crearon organizaciones femeninas específicas con el objetivo político de combatir el fascismo y contribuyeron eficazmente a promover un nuevo movimiento de masas femenino en los pueblos y ciudades de toda la España republicana. Demostraron una capacidad de organización considerable y canalizaron la respuesta colectiva y organizada de las mujeres al fascismo, al tiempo que concretaban sus preocupaciones y sus necesidades hasta entonces desatendidas.

Las mujeres se comprometieron en la lucha contra el fascismo y rompieron con su habitual aislamiento de la vida pública y política. Construyeron barricadas, cuidaron a los heridos y organizaron las labores de auxilio y la asistencia infantil. Cosieron y tejieron y, mediante su trabajo voluntario, surtieron a los soldados de uniformes, prendas de vestir y el equipo necesario. Las mujeres trabajaron en el transporte público, en las fábricas de municiones y en las granjas. Algunas otras también rompieron completamente con sus roles de género convencionales y participaron activamente en la contienda como milicianas. Tomaron las armas y pugnaron porque las aceptaran como un soldado más en el frente. Al principio, las milicianas simbolizaron la lucha contra el fascismo e incitaron a otras a participar en las actividades de resistencia. La decisión de convertirse en una mujer soldado también desafiaba las convenciones sociales. Las milicianas lucharon en los frentes al mismo tiempo que proporcionaban a los soldados los servicios de auxilio necesarios, pero su valor, tenacidad y entrega no fueron suficientes para lograr que las aceptaran en un papel militar y no pudieron impedir que, al final, la imagen de las milicianas fuera desacreditada viéndose obligadas a retirarse a la retaguardia. Pero allí desempeñaron un papel decisivo en la supervivencia diaria al igual que en el mantenimiento de la resistencia civil a la violenta embestida del fascismo.

La educación y la cultura eran claves para la liberación de la mujer y se convirtieron en las metas primordiales de un programa femenino colectivo. Todos los grupos femeninos se ocuparon del analfabetismo de miles de mujeres españolas y abordaron conjuntamente la demanda urgente de programas educativos para adultos; a pesar de las dificultades de la guerra, pusieron todo su entusiasmo en hacer llegar estos programas a miles de centros de los pueblos, pequeñas localidades y ciudades de toda la España republicana.

Las mujeres dieron clases y organizaron actividades culturales y artísticas así como servicios de biblioteca para adultas durante toda la guerra. A través de escuelas, institutos, conferencias y cursos, Mujeres Libres trató de cumplir el objetivo establecido de emancipación de la tríada de la esclavitud: su condición innata como mujeres y trabajadoras y su fomentada ignorancia. Las activistas de la Agrupación Mujeres Antifascistas y de Unió de Dones aprovecharon la oportunidad para desafiar a “la civilización masculina” con las armas de la educación y la cultura. A través de su constante dedicación a los programas educativos adaptados a las necesidades específicas de las mujeres, persiguieron denodadamente su libertad y emancipación. La educación y enriquecimiento cultural de las mujeres fueron grandes logros del movimiento femenino durante la guerra y la revolución.

Como colectivo social, también superaron su silencio histórico. Impusieron su voz y expresaron públicamente su opinión colectiva sobre la política, la guerra, el antifascismo, el feminismo y las necesidades de las mujeres. Editaron y publicaron numerosos periódicos y revistas; algunos ejemplos, como el de Mujeres Libres, eran proyectos exclusivamente femeninos, mientras que en otros casos colaboraban colegas y camaradas varones. Companya, Emancipación, Muchachas, Mujeres (Madrid), Mujeres (Bilbao), Mujeres (Valencia), Mujeres Libres, Noies Muchachas, Pasionaria y Trabajadoras demostraron que las mujeres tenían capacidad de organización así como iniciativa para crear plataformas literarias y medios de comunicación para sus ideas y para la expresión concreta de una interpretación de la guerra desde la perspectiva de género. Aunque esta empresa colectiva pudo llevarse a cabo gracias a la ayuda de periodistas profesionales, lo que mantuvo vivos a estos periódicos y revistas fue el entusiasmo de estas escritoras y editoras noveles que finalmente pudieron tener su propio foro impreso. Las mujeres expresaron con palabras su compromiso con el esfuerzo bélico antifascista y sus voces fueron escuchadas.

Estas publicaciones fueron también instrumentos decisivos para atraer a otras mujeres a la causa. Sin embargo, el alcance de los artículos y debates iba más allá de la política antifascista y, a menudo, las mujeres se dedicaban a fijar sus propios intereses con respecto a la guerra y la revolución, así como a suministrar recursos para las iniciativas culturales femeninas. Esta comunicación cultural entre las lectoras, escritoras y editoras de estas revistas creó un universo específico para mujeres, una importante experiencia de afirmación en una cultura femenina tradicionalmente oral.

La resistencia civil y la supervivencia cotidiana durante la guerra se explican por el enorme esfuerzo y energía que desplegaron las mujeres cuyo trabajo de asistencia voluntario constituyó una gran aportación a la economía bélica y al funcionamiento de la sociedad civil. Asimismo, tuvieron un papel decisivo en la administración de distintos organismos de servicios sociales y participaron en labores voluntarias de asistencias médica y sanitaria, crearon guarderías para mujeres trabajadoras y servicios de comedores colectivos, atención infantil y asistencia social para refugiados de guerra. Su entrega permitió que los servicios sociales y sanitarios funcionaran a pesar de que la guerra provocó un aumento inusitado de la demanda.

Las mujeres exigían un papel activo en el trabajo, la resistencia civil, la asistencia social y la lucha antifascista, y eso obligó a las instituciones oficiales y autoridades políticas reticentes a redefinir unos roles de género que permitiera la entrada de las mujeres en la esfera pública. Desde el comienzo mismo de la guerra, las organizaciones femeninas llevaron adelante una enérgica campaña para tener acceso al empleo remunerado. Enfrentadas al antagonismo masculino generalizado y a las ideas convencionales y pertinaces que se oponían al trabajo femenino asalariado, las mujeres intentaron, sin mucho éxito, desarrollar sus propios programas de formación profesional. Aunque se abordó el tema del trabajo femenino retribuido, todavía estaba circunscrito a las necesidades bélicas. No obstante, esta experiencia agudizó la conciencia de muchas mujeres, sobre todo la de las generaciones más jóvenes y, en cierta medida, ayudó a redefinir sus expectativas en cuanto a su derecho a tener una profesión y un empleo.

Las mujeres ocuparon puestos en la asistencia social y la salud pública, participaron activamente en la supervivencia de la sociedad en la retaguardia, tanto en zonas urbanas como rurales, ejercieron un papel decisivo en la resistencia civil y en la movilización antifascista masiva de la retaguardia y resistieron el avance del fascismo suministrando servicios de alimentación, de apoyo, asistenciales, sanitarios y culturales. Como resultado de este activismo, cuestionaron su destino exclusivo al hogar y desafiaron las muchas limitaciones tradicionales de la sociedad española. La movilización femenina durante la Guerra Civil ensanchó los límites de las esferas pública y privada y redefinió las fronteras de la domesticidad.

La experiencia de la guerra trajo consigo una nueva dimensión de las funciones clásicas de madre, ama de casa y proveedora del hogar porque ahora las mujeres proporcionaban alimentos, servicios de asistencia y las necesidades básicas para la supervivencia diaria de toda la población civil. Esta dimensión colectiva y pública del papel proveedor de las mujeres constituyó una línea divisoria y un reflejo exacto del desvanecimiento de las fronteras entre las esferas pública y privada en la retaguardia republicana. Los intereses que compartían en la supervivencia de la comunidad dieron una nueva legitimidad a la exigencia femenina de que les reconocieran un rol social más allá de los confines del hogar. Aunque dentro de las limitaciones de género, el estatus de las mujeres pasó de amas de casa a proveedoras de la comunidad con un papel significativo en la resistencia civil. Es cierto, también, que la participación de las mujeres en un nuevo contexto comunitario de base más amplia avivó la conciencia de sus derechos, pero nunca se cuestionó seriamente el núcleo del discurso de género.

Indudablemente, las opciones de las mujeres aumentaron durante los años de la guerra, lo que significó un cierto reajuste de las normas de conducta de género que les permitió, por primera vez, el acceso a ciertos ámbitos de la vida pública que previamente estaban reservados a los hombres. Los modelos tradicionales de la feminidad se adaptaron a las nuevas circunstancias de la guerra, lo que legitimó sus actividades en ese ámbito. Esta reestructuración de las fronteras de las esferas pública y privada y, más concretamente, la redefinición del espacio público, estaba claramente restringida. Si bien es cierto que a las mujeres ya no se les negaba el acceso a la esfera pública, la definición de lo que era público estaba todavía delimitada según el género. Se elaboraron nuevos modelos de conducta dentro del discurso modificado que establecía un papel femenino en la retaguardia pero excluyéndolo de los frentes. A pesar de la tremenda energía y el ímpetu que pusieron las mujeres en los nuevos campos de actividades, los roles de género nunca se redefinieron de tal modo que la división de los ámbitos público y privado se pusiera seriamente en duda. Aunque en cierto modo se cuestionaron los valores culturales tradicionales, nunca afloró una idea revolucionaria sobre las esferas pública y privada.

Las mujeres forjaron cambios apreciables en sus ideas, sus expectativas y, de un modo significativo, en su condición social. La realidad histórica y los procesos de cambio social y de género no son lineales y no encajan dentro de los marcos interpretativos de la transformación global. El cambio revolucionario no implica necesariamente una ruptura de las relaciones patriarcales o una honda oposición a la “civilización masculina”. En el caso de la Guerra Civil española, las mujeres republicanas, como colectivo social, ganaron un terreno significativo al mejorar su condición de género y abrieron nuevas perspectivas en sus opciones sociales, laborales y personales. No obstante, este progreso tuvo lugar dentro del contexto global de la limitación de los roles de género. Las pautas de cambio y continuidad con respecto a la situación general de las mujeres durante la Guerra Civil estaban todavía modeladas por las restricciones imperantes de las normas de género, que limitaban seriamente los cambios en las relaciones de poder entre los sexos.

El aprendizaje de las mujeres en el ejercicio público durante la guerra y la revolución puso de
manifiesto su capacidad para contribuir a la lucha contra el fascismo. Su nueva identidad colectiva en la lucha antifascista y, para muchas, en la causa revolucionaria, conformaron su compromiso político, creando su propio movimiento femenino de masas, popular y sin precedentes, que abordaba abiertamente los temas políticos. Su causa era la lucha antifascista y, para algunas, también el combate revolucionario, en el que jugaron un papel decisivo.

Las mujeres se politizaron en grado sumo durante la guerra y, por primera vez, consideraron
que la política tenía un gran interés para ellas. Al oponerse a los conceptos de género tradicionales que siempre habían defendido el monopolio masculino de la vida política, no sólo pusieron voz a sus ideas políticas sobre la guerra y la amenaza del fascismo, sino que también se convirtieron en protagonistas políticas comprometidas.

Su compromiso en la causa antifascista las impulsó a emprender una amplia gama de empeños políticos. Lograron movilizar a miles de españolas para tomar parte activa en defensa de la democracia; de hecho, su vigoroso antifascismo constituyó un aprendizaje político decisivo de los valores democráticos que para algunas fue un primer paso para reconocer que la sociedad española necesitaba un cambio revolucionario. La enérgica adhesión de las mujeres a la batalla antifascista agudizó su compromiso político global con la Segunda República y, por lo tanto, con la democracia, la libertad y los derechos humanos. Algunas activistas desafiaron a la “civilización masculina” cuestionado públicamente el monopolio y la hegemonía tradicionales de los hombres en el mundo de la política. Figuras excepcionales como Federica Montseny, Dolores Ibárruri y Margarita Nelken lograron el reconocimiento de las mujeres en la política. Sin embargo, lo más significativo es que, a nivel colectivo, la apatía histórica femenina hacia la esfera pública de los hombres cambió durante la guerra y la revolución mientras intentaban diseñar una nueva visión suya de la política.

El compromiso político antifascista configuró la experiencia bélica de las mujeres. Sin embargo, también es significativo que definieran un programa femenino en relación con su realidad social. Aunque muchas de sus exigencias específicas se perdieron en las circunstancias apremiantes de la guerra, su creciente capacidad para precisar los problemas específicamente femeninos fue decisiva para facilitar el desarrollo de su identidad colectiva. Definieron su programa y fijaron las prioridades respecto a su emancipación. Sus inquietudes feministas evolucionaron a partir del momento en que se dieron cuenta de las condiciones y necesidades de las mujeres. El camino hacia la emancipación femenina pasaba por la educación, el compromiso político, el derecho al empleo y el reconocimiento de su valía social. En el contexto de una guerra devastadora, el problema de la prostitución fue calificado también de interés prioritario en su programa.

Las ideas y las acciones innovadoras y revolucionarias de las mujeres en relación con la prostitución dio una nueva visión teórica que tenía su origen en un concepto de hermandad femenina que contradecía la clasificación habitual de las mujeres en ángeles, vírgenes o putas. Esta visión las llevó a cuestionar de manera decisiva el discurso de domesticidad. Se negaron a aceptar la categoría tradicional de “ángel del hogar” y aspiraron a que se reconociera su respetabilidad y dignidad. Sus ideas sobre la prostitución no admitían las actitudes sexistas habituales sobre la sexualidad y ponían en tela de juicio el derecho de los hombres al comercio sexual mercenario con las mujeres. Debatieron públicamente este componente de la “civilización masculina” y vincularon el problema a la necesidad de una revolución de los valores culturales y la conducta personal.

Durante la guerra y la revolución, los objetivos feministas eran la educación, la formación profesional, el empleo remunerado y los derechos políticos de las mujeres. Como hemos visto, una de las grandes prioridades era resolver el dilema de la prostitución; sin embargo, otros problemas que habitualmente se ligaban a los derechos de las mujeres, tales como la reforma sexual y el aborto, no estaban incluidos en su programa a favor de la transformación social y la emancipación femenina. En esta época de cambio radical, las cuestiones que preocupaban a las españolas todavía estaban configuradas por su experiencia histórica colectiva. Su historia social, política, cultural y de género inspiró sus estrategias de resistencia, sus alternativas y su forma de concebir el cambio feminista. Definieron su programa en sus propios términos y, por supuesto, se vieron influidas por las necesidades excepcionales de la guerra. A pesar de que el contexto era favorable a la legalización del aborto, las mujeres lo excluyeron de su lista de prioridades al igual que el control de la natalidad, y nunca definieron su derecho a la reproducción como un camino hacia la emancipación.

En la lucha contra Franco, la abundancia y la complejidad de la acción colectiva femenina puso de manifiesto la existencia de numerosas vías de protesta, cambio revolucionario y emancipación. La actividad social de las mujeres durante la Guerra fue muy clara, al igual que los múltiples frentes en los que desafiaban a la sociedad española tradicional y a “la civilización masculina”. Sin embargo, su actividad a favor de la transformación social se vio también constantemente influida por la interacción con la tradición, los mecanismos de control de género y la presión de los roles y los valores de género convencionales. Los valores culturales que seguían funcionando generaban conformidad, impedían los desafíos globales a la “civilización masculina” y constituían los límites al programa feminista de las mujeres. El consenso de género, así como las desavenencias, formaron las fronteras del cambio que abarcó la experiencia histórica colectiva femenina durante la Guerra Civil. Aun en épocas de cambio revolucionario, la capacidad de las mujeres para poner en tela de juicio el orden patriarcal establecido estaba sometida todavía a la constante influencia de su experiencia histórica y a los obstáculos socioculturales bien afianzados que se oponían a los cambios de género. El nuevo aprendizaje social de las mujeres, sus experiencias innovadoras y sus esfuerzos sociales durante la guerra constituyeron un legado magnífico para el futuro del movimiento femenino. El trágico resultado de la Guerra impidió su desarrollo.

La desoladora derrota final de las fuerzas republicanas el 1 de abril de 1939 dio paso a cuarenta años de dictadura bajo el mando de Franco. La Segunda República fue aplastada implacablemente y España perdió la democracia, la libertad constitucional y los derechos políticos hasta 1978, fecha en la que se instauró una constitución democrática. El nuevo régimen autoritario estaba marcado por una represión brutal, la eliminación de los derechos políticos e individuales y la abolición de la legislación democrática de la Segunda República.
Franco creó un nuevo Estado basado en una estructura estrictamente jerárquica en la que los pilares de la nueva España eran el nacionalsindicalismo y el nacionalcatolicismo.

La propaganda franquista trató de desacreditar al régimen democrático anterior afirmando que era depositario de la decadencia política y cultural. En esta crónica difamatoria destacaba los factores culturales y de género como culpables de la alteración de los valores sociales tradicionales como la irreligiosidad y, muy especialmente, del cambio en la situación femenina. Se afirmaba que el feminismo y las demandas de igualdad habían demostrado plenamente la creciente corrupción de las mujeres y el rechazo de su misión biológica natural como madres. El tradicional modelo femenino de “ángel del hogar”, la esposa y madre dedicada y sumisa, se había deteriorado al otorgárseles los derechos políticos. Así, la emancipación femenina fue acusada de ser un signo de la decadencia moral del régimen democrático republicano.

Bajo la dictadura de Franco, la principal función social de las mujeres era la maternidad. Por eso, sus aspiraciones respecto al trabajo, la educación, la actividad social y la emancipación, se consideraban una amenaza para su destino biológico como procreadoras de las futuras generaciones de la patria española. La politización de las mujeres sólo podría darse a través del cumplimiento de un destino femenino común basado en su función reproductora. La sexualidad, la educación y el trabajo de las mujeres se regularon conforme a este destino biológico en tanto que la maternidad se idealizaba y se consideraba un deber a la patria. La ideología franquista exclusivamente como madres de una prole que frenaría la tendencia a la baja de la tasa de natalidad e impediría así la decadencia de España.

La represión de la dictadura franquista cerró brutalmente el camino de las mujeres hacia la emancipación. Las voces femeninas desaparecieron, sus organizaciones se dispersaron y se desautorizó su presencia recién adquirida en la esfera pública. El nuevo régimen defendía la sumisión, la docilidad y la obediencia incuestionable de las mujeres a los principios tradicionales de la domesticidad. Pilar Primo de Rivera, dirigente de la Sección Femenina, única organización oficial de mujeres franquistas, subrayó que el destino absoluto e inevitable de las mujeres era la maternidad, papel al que calificó de “función biológica, cristiana y española.

El nuevo Estado respaldó la idea tradicional de la Iglesia Católica que proclamaba que el deber sagrado de las mujeres era la maternidad y la familia. Los valores fascistas, mezcla de los católicos y los falangistas tradicionales, se infiltraban en el tejido cultural de la sociedad española modelando y perpetuando los roles femeninos tradicionales. El discurso religioso y de género de principios de siglo se recuperó para reforzar un modelo de feminidad de madres y amas de casa. El nuevo régimen destruyó los principios igualitarios de los años treinta con un código de género que una vez más estaba basado en el concepto de la distinta naturaleza de las mujeres. Además, las características de identidad femenina de abnegación, resignación y sacrificio por los hijos y el esposo que habían definido el régimen de Franco, minaban seriamente los valores recién adquiridos de amor propio, identidad colectiva, creatividad y actividad femenina.

El servicio social obligatorio para todas las mujeres, bajo la dirección de la Sección Femenina, preparaba y adoctrinaba a las mujeres en los cánones de la ideología franquista y los roles tradicionales de género. Aunque en la práctica algunas de las dirigentes de la Sección Femenina rompieron con las normas de la domesticidad al ser solteras y desempeñar actividades fuera del hogar, a las jóvenes se les educaba para que concibieran su identidad y sus expectativas sociales exclusivamente en términos del matrimonio y la maternidad. Si bien se admitía que las mujeres recibieran educación, el sistema transmitía modelos educativos de género que instruían a las chicas en las virtudes de docilidad, sumisión, sacrificio propio y modestia. Los preceptos culturales del régimen de Franco propagaron el concepto de humildad y anularon la identidad colectiva de las mujeres; por su parte, estos códigos de género retrógrados invalidaron lo que las mujeres habían conquistado durante los años de la Guerra Civil.

La actitud claramente hostil hacia toda sugerencia de emancipación femenina, hizo que la condición de las mujeres se viera rebajada inmediatamente. Una vez más, las normas culturales franquistas volvieron a catalogar a las mujeres como ángeles, vírgenes o putas. El ideal femenino del prototipo de mujer excluía toda actividad en el ámbito político, siendo el hogar y la familia los únicos espacios autorizados a las mujeres. El sufragio, los derechos políticos y las conquistas sociales que alcanzaron en la Segunda República fueron denigrados y rechazados sistemáticamente al tiempo que les arrebataban los logros que se habían ganado a pulso. Ya no podían participar en la esfera pública, en el trabajo remunerado, en la política ni en la cultura. En 1939, el Fuero del Trabajo, la legislación laboral más importante del régimen, estipulaba que el nuevo Estado “liberará a las mujeres casadas del taller y la fábrica. El trabajo se volvió a definir como un monopolio masculino, y el lugar de trabajo, un territorio exclusivo de los hombres. Las victorias de los años bélicos se perdieron cuando las mujeres fueron confinadas de nuevo al hogar y la familia.

En el período trágico de la postguerra, muchas mujeres fueron brutalmente reprimidas, encarceladas o ejecutadas a causa de su actuación en la Guerra Civil. Pero, aunque el régimen de Franco cortó el camino hacia la libertad y la emancipación, no consiguió anular completamente la experiencia social de aquellos años. Si bien la represión impidió el desarrollo de la conciencia colectiva, la práctica que adquirieron las mujeres durante la guerra aumentó su capacidad para protestar y crear estrategias de resistencia contra la dictadura. La opresión política puso fin a la organización masiva de mujeres antifascistas y a la lucha abierta a favor de la democracia en España, pero no anuló su voluntad democrática ni su propósito de emancipación. A lo largo de las décadas fascistas, muchas mujeres continuaron su lucha política en el exilio forzoso; otras, dentro de España, participaron activamente en el movimiento democrático y clandestino de oposición a Franco.

A pesar de la legislación represiva y el adoctrinamiento sistemático a cargo de la Sección Femenina, muchas españolas se negaron a acatar el modelo franquista de madre sumisa. No hay pruebas que demuestren que las mujeres aceptaran incondicionalmente su destino biológico como madres conforme a las normas del régimen, ni de que se identificaran con las implicaciones ideológicas de las políticas del nuevo estado.
A pesar de los métodos férreos que la dictadura franquista tenía a su disposición, su discurso y sus políticas legislativas no siempre lograban imponer las prácticas fascistas entre las mujeres españolas. Las que participaron en la Guerra Civil nunca perdieron de vista sus derechos y se sirvieron de la experiencia y los conocimientos adquiridos en las duras circunstancias de la guerra para poner en práctica las estrategias de supervivencia durante los años aún más desoladores de la postguerra.

Bajo el mandato de Franco, la política, la cultura y la economía eran dominios que estaban exclusivamente en manos de los hombres. Durante los años de la dictadura se silenciaron las voces de las mujeres; el régimen fomentó la amnesia histórica respecto a su pasado y a su capacidad para el cambio social. Las nuevas generaciones de españolas, nacidas y educadas bajo la dictadura, no pudieron beneficiarse de la experiencia de sus antecesoras. Durante más de treinta y cinco años fueron educadas en los códigos de género del ideal femenino de la mujer franquista y en la ignorancia de la práctica democrática del pasado. Sin embargo, el historial femenino en la lucha contra el fascismo y la “civilización masculina” no se perdió por completo. A principios de los años setenta, el floreciente movimiento feminista, las activistas de la oposición política a Franco y las historiadoras especializadas en estudios de las mujeres, se las ingeniaron para reconstruir el eslabón perdido y recuperar la visibilidad y el papel de las mujeres en la guerra y la revolución. Descubrir el compromiso de sus antecesoras con la democracia y los derechos de las mujeres moldeó la conciencia de las nuevas generaciones de españolas y las estimuló a encontrar un papel activo en la lucha por la democracia, la libertad y la liberación de las mujeres.

Extraído de “Rojas: las mujeres republicanas en la Guerra Civil” de Mary Nash


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